La senda les fabes, por Jose Coco

fabesEl mejor ingrediente que se le puede poner a una comida es el apetito, pero si además las fabes están que se deshacen, el pote bien gobernado, el jabalí delicioso y el cabrito en su punto, la cosa roza ya el pecado mortal. Indudablemente que de no haber corrido antes 21 Km, también nos hubiésemos atrevido con el menú, pero desde luego, no hubiese sido lo mismo.

A decir verdad, al rato de entrar en la meta tenía tanta hambre, que si me dicen que hay que volver a Santo Adriano, donde estaba la salida, corriendo, no lo hubiese dudado ni un momento. Al fin y al cabo la vuelta se hace cuesta abajo y para bajar todos los santos ayudan, como dicen en mi tierra. O dicho de otra manera “Pa las cuestas arriba quiero a mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo”.  Y no es pura retórica, porque he de decir que llegué a la meta de San Martín de Teverga con ganas de seguir corriendo. El paisaje me dejó tan boquiabierto que seguramente me entró más aire en los pulmones y noté menos el cansancio; por otro lado, mi inseparable compañero de travesía, Ramón Inclán, me iba ilustrando en amena y erudita charla sobre algunos detalles que a mí me pasaban desapercibidos, bien fueran sobre la vegetación, la economía de la zona, o las costumbres gastronómicas de los osos, que afortunadamente no les da por comer fabes, y a los que tuvimos la suerte de poder ver en torno al kilómetro 5. Vaya preciosidad de carrera, menudo día, y qué lujo de compañeros. La prueba discurre por la antigua vía del ferrocarril minero que bajaba el carbón hacia la zona baja del valle. El río Trubia te acompaña prácticamente durante todo el trayecto, ahora a un lado, luego al otro.  Hay zonas angostas en las que la senda parece excavada en la roca para hacerse hueco.  Farallones, agujas, cortados, gargantas, pequeñas cascadas y fuentes a lo largo del recorrido.  El paisaje te sobrecoge por la grandeza y por la belleza. A veces nos toca atravesar un túnel del que solo ves la salida al final.

Es una sensación como de correr dentro de un sueño. No ves el suelo, tan solo lo barruntas y la oscuridad hace que agudices la sensibilidad. Puedes tropezar, o pisar mal, pero no importa, es cosa de levantar un poco más los pies. La vuelta a la luz es como una explosión de colorido y el sol casi deslumbra. Y es que el día ha salido brillante y luminoso y la temperatura es perfecta para correr. Qué delicia. Además el bueno de Ramón no permite que  el entusiasmo nos haga acelerar el ritmo por debajo de los 5’. Hay que reservar fuerzas porque aunque toda la carrera es cuesta arriba, la cosa se empina un poco más a partir del kilómetro 11 y no conocemos lo que está por venir. Es la primera vez para los dos. Luego resulta que no es para tanto, pero quizás porque hemos ido al ralentí durante la primera parte. En cualquier caso es una verdad demostrable que la Media Maratón tiene 21 Km de subida ininterrumpida y eso, aunque solo sea para vacilar y sacar pecho cuando lo cuentas en el bar, hay que decirlo. No deja de ser otra forma de disfrutar de las carreras...;-)

Ésta comencé a saborearla en el autobús, a pesar del madrugón del sábado, que nos permitió llegar a Candás alrededor de las 11 de la mañana para trotar media horita por unos paisajes de ensueño, en esta ocasión al lado del mar. Salimos en dirección Perlora sin escatimar elogios al entorno. El rato era tan placentero que hubiésemos seguido corriendo de no haber topado con una hermosa cala de arenas amarillas y aguas azules, entre los acantilados de roca curiosamente negra. Cuando quisimos ver, Gabi se había quitado las zapatillas y la camiseta y chapoteaba dentro del agua, y detrás de él los demás. Braulio incluso, decidió remojarse los bajos a pelo (lástima de cámara de fotos).  El agua estaba para refrescar botellines, por lo que el baño no se demoró mucho. Curiosamente la salida fue espléndida. Ni gota de frío. Mojados, volvimos a calzarnos y emprendimos el regreso hacia Candás.  Allí, en la playa, esperaba el resto del grupo, o sea que rematamos la tirada con otro baño, en esta ocasión mucho menos impactante para el cuerpo. Incluso nos pareció que el agua estaba buenísima.  Sin lugar a dudas ha sido el rodaje más bonito de mi vida deportiva, y no solo por el paisaje, también por unos compañeros excepcionales a los que pienso unirme en más ocasiones. Es increíble el buen ambiente que se disfruta en el Club de Atletismo Macotera, qué buen rollo. Lo mismo da en el bus, que en los entrenamientos, que en las cañas todos juntos, que en la carrera.

Jose-CocoCarmen y yo estamos agradecidísimos de la acogida dispensada. Juan Antonio se desvivió para que todo el mundo estuviese cómodo.Está pendiente de todo y de todos. Y si se le pasa un detalle, para eso está su mujer, a la que no se le escapa ni una.  Gabi, el inefable Gabi, es la amalgama del grupo, por su carácter y su forma de ser. Todo el mundo le quiere y yo he venido rendido también a su encanto personal. He conectado muy bien con mi tocayo José Luis y ya hemos quedado para alguna tirada larga por aquí; me ha caído requetebién Pepa, a la que conocía de haberla aplaudido en varios pódiums pero con la que no había tenido el placer de hablar. Me alegró enormemente ver a Pedrote, al que le debo el haber completado mi primera media en Segovia 2011, y por consiguiente las que llevo después. Ésta la hizo subido en una bici y dando ánimos a todo el mundo. En su línea. Los hermanos Bueno, Rober y Juan, siempre con su inseparable Olalla (con elle) de los que ya he dicho en algún otro post que me tienen maravillado, no sólo por lo que corren, que también, si no por su humildad y cercanía, lo que los engrandece como personas, que al fin y al cabo es lo que importa y hace que sintamos aún más admiración por estos dos campeones; mirad lo que dicen de ellos los asturianos.

Mención especial merece Braulio, pendiente durante toda la excursión de sacar fotos, que luego nos encanta ver; Maite, Chamorro, Manuel, el otro Juan Antonio, Gabriel, Ludi, Miguel, Jesús, con todos ellos me encantará volver a encontrarme. Sois un ejemplo de lo que tiene que ser un club, aunque me da la sensación de que esas virtudes las da el terreno macoterano.  Al igual que las morcillas de La Marrá no las igualan ni en Burgos, la buena sintonía, el carácter abierto y el compañerismo de estos paisanos, no se ven en ningún otro lugar de los que yo conozca.

La excursión me ha deparado además otras grandes alegrías: la primera desvirtualizar a @DianaAsturiana, una fiel seguidora de Twitter a la que tenía muchas ganas de conocer en persona, y que me confirmó las magníficas sensaciones que me había transmitido por la red. Ella también es runner, o sea que ya tengo otro motivo para volver a correr a Asturias. Otra fue poder correr junto a Ramón Inclán, asturiano de Pravia, casado con Nieves, una peñarandina que disfrutó como nadie aplaudiendo cada vez que un macoterano se subía al pódium. Estaba orgullosísima y contenta presumiendo delante de su marido asturiano de los buenos frutos que da la tierra de Castilla. Con Ramón hice toda la carrera, desde el principio hasta el final, en amistosa y agradabilísima charla, al menos hasta el kilómetro 16, que de ahí en adelante no daba el resuello para alardes. Además, marcamos un tiempo de 1.50'45", que al menos para mi edad y condición, no está nada mal.  Y, por si fuera poco,  para rematar tuve ocasión de dar unos abrazos y tomarme unas cañas en San Martín de Teverga, con Juan Antonio, bibliotecario de la localidad y al que hacía 12 años que no veía. No nos dejó pagar ni una cerveza. Pues nada, que se haga corredor y venga a La Carrera del Hornazo o a la Sanrocada y le inflo a comer y beber. Para que vea que aquí también sabemos tratar a los amigos.  Como detalle importante he de dejar constancia de que pudimos llegar al agua caliente de las duchas. Yo llevaba el cuerpo acostumbrado a las impresiones después del baño de mar de la víspera, que dicho sea de paso, me despejó el catarro que llevaba, pero cuando me puse debajo del chorro y noté el agua calentita no pude por menos que pensar que era el broche genial para la más bonita carrera de todas las que he tenido ocasión de participar. Y aún nos quedaba otro detalle: la comida.  

Cuándo abandonábamos el comedor le dije a uno de los camareros que salía muy descontento porque me había quedado con hambre. El pobre hombre no daba crédito. Al final se me escapó una sonrisa delatora y le confesé que era justo lo contrario. No he podido volver a hacer una comida normal desde el domingo, casi estoy todavía a fruta para bajar tan suculentos y abundantes platos. Claro, que eso me pasa por mi empeño de repetir de todo y no dejar que sobre nada en el cuenco de las alubias. La del pobre, reventar antes que sobre. Si es que no puede ser. Cuándo paro de correr, no hay quien me pare de comer. Menos mal que rematé con una copina de orujo para digerir el condumio…., en fin, razón tienen los asturianos cuando dicen eso de “con fabes y sidrina, non fai falta gasolina”, o sea que no dudaré en apuntarme cuando alguien me lo sugiera, a la carrera más espectacular y la que más satisfacciones me ha dejado: La senda les fabes...., ah, perdón, del oso. En qué estaría yo pensando...;-)


   

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